Trabajar
Me siento muy afortunado porque me gusta mi trabajo, y sé bien que no es lo normal. Soy uno más de todas esas personas que nuestro día a día es estar delante de un ordenador. Con usar Outlook, Teams, Excel, PowerPoint y Word hago el 95% de mi trabajo. Y cuando me frustro o no tengo un buen día me paro y pienso: ¿qué he hecho hoy? He escrito correos, presentado algunas diapositivas, he hablado con gente… pero ¿qué he hecho? Buscamos resultados tangibles a nuestro esfuerzo diario y no siempre los encontramos.
Creo que esa es la causa de que a una gran parte de las personas no les llene su trabajo. Si viesen un fruto concreto de su sudor diario saldrían de su oficina (o de su cuchitril de teletrabajo) mucho más satisfechos. No estoy diciendo que toda esa gente se dedique a trabajos sin propósito, pero creo que no es sencillo verlo.
Es más fácil sentirse recompensado por hacer un trabajo físico porque ves su valor. Creas algo que pesa, algo que puedes coger o que usas. De ahí el éxito que tienen talleres de pintura, cerámica, etc. entre gente que solo quiere cerrar el portátil. Es el resultado natural de un entorno laboral que ha aumentado mucho en su digitalización y cuyo output son correos, hojas de cálculo y presentaciones. Cuando luego sales y creas algo con tus manos, algo que es bello o útil (o incluso los dos), esa actividad es tremendamente reconfortante. Cuando interiorizas el fruto de tu esfuerzo es más fácil sentirse útil y por ello más fácil ser más feliz. Entiendes tu propósito.
Sin embargo, los que trabajamos delante de una pantalla (si son dos mejor) tenemos que ser capaces de ver más allá y de entender que también podemos aportar valor no tangible.
Hace poco falleció repentinamente, mientras teletrabajaba, un compañero de mi empresa. Buena persona, sana, deportista, creadora de buen ambiente. Hablando de esto con otra compañera, me planteaba de qué servía trabajar, si al final en cualquier momento te puedes ir de este mundo quedándote en ausente en Teams. Tiene toda la razón en su inquietud. Sobre la marcha hablando con ella (cuando mejor reflexiono es hablando) entendí que el propósito del trabajo tiene que ser mejorar el mundo. Y si no hacemos eso, llegará a no ser tan fácil levantarse cada mañana.
El trabajo nos tiene que proporcionar un sustento (quizá proporcional al beneficio que producimos, pero ese es otro debate), pero el fin en sí no puede ser nunca puramente el salario. Evidentemente es importante, por el coste de oportunidad de dedicar parte de nuestro tiempo para poder mantener a nuestra familia y/o a nosotros mismos. Pero si únicamente nos basamos en el dinero, es sencillo que lleguemos a paradojas como a la que llegó mi compañera. Trabajar con el ansia y el propósito honesto de cambiar el mundo es más sostenible a largo plazo, además de ser una motivación con mucha potencia si todo el mundo la aplicase.
Creo que ésa es la motivación y la razón de ser de un trabajo. Aunque sea más sencillo satisfacernos cuando se articula a través de un trabajo o resultado físico, tenemos que saber mirar más allá y será más fácil si tenemos como meta mejorar el mundo. Porque todos podemos desde nuestra pequeña parcela. Y un gran poder conlleva una gran responsabilidad.

